Saltar al contenido

El anhelo eterno: encontrar sentido

1 minutos de lectura

A lo largo de la historia, desde que el ser humano adquirió conciencia de sí mismo, se ha formulado preguntas profundas. La historia de la humanidad no se ha caracterizado únicamente por la búsqueda de placeres, riquezas o poder, sino también —y sobre todo— por la búsqueda de certezas, de orientación y de sentido.

El ser humano desea comprender el mundo que lo rodea y también comprenderse a sí mismo. Tiene hambre de conocimiento, especialmente del conocimiento que responda al para qué, es decir, al sentido. La necesidad de sentido se identifica con la necesidad de orientación. ¿Quién puede vivir constantemente desorientado?

Preguntar por el sentido es preguntarse quién soy y, sobre todo, hacia dónde voy. Mapas, calendarios y brújulas son herramientas creadas para orientarnos, pero nuestra necesidad de rumbo no se limita al espacio o al tiempo: buscamos constantemente un camino en medio de nuestras circunstancias. En lo más profundo de nuestro ser llevamos un anhelo inextinguible de sentido. Aristóteles afirmaba en su Metafísica: “Todos los hombres, por naturaleza, desean saber”. Esta idea expresa que el deseo de conocimiento es innato en la naturaleza humana. Sin embargo, como añadía Unamuno: “No hay tanto el deseo de conocer un porqué como el de conocer el para qué” (Unamuno, 1983, p. 23).

Podemos decir, entonces, que el deseo de encontrar sentido es innato y constituye una de las principales fuerzas que nos impulsan a vivir y a buscar respuestas. Tal vez podamos dudar de si el sentido existe o no, pero lo que no podemos poner en duda es que experimentamos un profundo anhelo de hallarlo y de dar a nuestra vida un propósito, un sentido.